viernes, 17 de noviembre de 2023

Personalidad y opiniones

El presbítero Roberto Enrique Podestá en su libro “El Evangelizador de La Plata”, dedica varios capítulos concernientes a la personalidad de monseñor Federico Julio Rasore.

Para conseguir dicho libro, en enero de 2020 nos trasladamos a la “Biblioteca Pública” de la “Universidad Nacional de La Plata”, sita en Plaza Rocha 137, entre diagonal 78 y calle 7, donde muy atentamente nos permitieron escanearlo.

Mientras mi nieta y yo sosteníamos el libro que apoyamos en uno de los bancos, mi hija Guadalupe lo fotografiaba con su celular, razón por la cual las fotos salieron distorsionadas, lo que no impide su lectura, pero dificulta la reproducción en este blog, siendo más práctico entonces tipearlas, resultando lo siguiente:

Para conseguir dicho libro, en enero de 2020 nos trasladamos a la "Biblioteca Pública" de la "Universidad de La Plata", sita en la Plaza Rocha 137, entre diagonal 78 y calle 7, donde muy atentamente nos permitieron escanearlo.

Mientras mi nieta y yo sosteníamos el libro que apoyamos en uno de los bancos, mi hija lo fotografiaba con su celular, razón por la cual las fotos salireron distorsionadas, lo que no impide su lectura, pero dificulta la reproducción en este blog, siendo más práctico tipearlas, resultando entonces lo siguiente:

Es poco lo que sabemos de los primeros años de Federico J. Rasore. Y esto, solo apenas interesante como testimonio de su incontaminación: Su inocencia.

Es lo que obliga a reflexionar en los años en que vivirá después. Desde su infancia fue dado a Dios, y lejos de apartarse se unió más y más a él. Cuenta el padre Honorato Piffero, que fue vicario cooperador en San Ponciano, haber oído decir a su madre, hablando de Rasore cuando niño monaguillo: Parecía otro San Luis. Y según sus parientes cercanos, Federico era un niño de continente mesurado, asiduo al convento de las monjas del convento de Santa Catalina de Siena donde era acólito, obediente dócil, y de una timidez grande. Tanto su obediencia, como su ductilidad, las conservó y las purificó con los años, pero su timidez se perdió con la infancia, dando lugar a una intrepidez constante, hija de una invariable confianza. Mons. Francisco Alberti escribe de esos años de Rasore: Antes de salir a Roma para estudiar en el Colegio Pio Latino Americano, a los trece años (era acólito de las monjas catalinas de Buenos Aires, subido a una silla, hizo a las monjas una plática muy sentida. Estas lo recordarán después de muchísimos años.

A los trece años fue enviado a Roma para estudiar su carrera. Debemos suponer la fuerte separación que esto suponía, en ese hogar que era un santuario. La carta que escribió a su hermano Antonio en 1882 por la muerte de su padre, pocos meses antes de ordenarse sacerdote, prueba el hondo afecto filial y fraternal que desbordaba. El solo hecho de conservarse hasta nuestros días esa carta, todo lo indica.

Sus estudios, según crédito de sus superiores, que fueron siempre padres de la Compañía de Jesús, se hicieron con la facilidad de su buen talento y su generosa dedicación. Siempre deslumbró por su conciencia del deber, que mucho admiraríase durante su famoso curato de San Ponciano. Y de su virtud, bastaría la exclamación reflexiva del padre José Saderra, que fue su profesor en Roma, y luego estuvo en Buenos Aires regenteando el seminario de Villa Devoto. Rasore era vicario cooperador de la Merced. Saderra lo visitó y dice Mons. Alberti que, refiriéndose a su modestia, comportamiento, etc., dijo a los que lo acompañaban: - ¡Es el mismo, el mismo del colegio!

El padre José Macagno en carta al canónigo Andrés Calcagno sobre informes de Rasore, escribe que fue alumno modelo por 12 años y 11 meses. Lo que me llama la atención fue que ocupó la presidencia o prefectura de la congregación mariana, por tres años seguidos (1883-1885), cosa única que rara y hasta contra los estatutos de la congregación del colegio. Así tal vez, esta triple elección respondiera a lo que se refiere monseñor Alberti en sus testimonios: En el colegio se manifestó muy devoto de la virgen.

Era un trabajador incansable. En una ocasión se le procuraron medios para ir a descansar a un balneario lejano. A los tres días estaba de vuelta en La Plata. Al hacerle el superior algún cargo cariñoso, contestó: - “Monseñor yo no puedo vivir sin trabajar”. Son palabras de su obispo, Francisco Alberti.

Mons. Anunciado Serafini, obispo de Mercedes, escribía cuando aún era párroco de San José de La Plata: “Parecía que había declarado una guerra sin cuartel a la pereza. Más aún, siempre estaba haciendo algo. Solo con esa laboriosidad se comprende el florecimiento y el desenvolvimiento de sus obras múltiples por su aspecto, números, finalidades”. También su primer sacristán, el señor Enrique Colombo, dice que “en su parroquia no quería tener límites de acción. Son tantas sus obras que me es imposible nombrarlas; de extremo a extremo, la ciudad le era muy pequeña para su apostolado”. El padre Honorato M. Piffero, que fue su colaborador, atestigua: “Fui testigo por largos años: Casi nunca tomó recreo, ni siesta ni veraneo, siempre ocupado en las obras parroquiales; el último por la noche y el primero por la mañana…sus vacaciones eran un corto retiro, de preferencia a la sombra del santuario de Luján.

Se levantaba muy temprano. A quien esto escribe, le dijo que dedicaba seis horas y media cada noche al descanso. Como no se permitía ablandamiento alguno en su distribución del trabajo, sospechamos que sus seis horas y media, frecuentemente serían escasas. En las últimas patronales de su iglesia, tuvo un ataque durante la noche y sufrió una sangría de urgencia. A la mañana, a su hora, dijo la misa como de costumbre y continuó atendiendo en el templo a los feligreses que asistían a la fiesta.

Aun la iglesia cerrada comenzaba su oración mental, en posición muy recogida y admirablemente inmóvil. Su libro de meditación era Chaignon: “El sacerdote santificado en la práctica de la oración”, atestigua su obispo. Terminada su larga oración, salía de su ensimismamiento y se retiraba a su escritorio, donde caminando, rezaba el breviario. Mientras tantos se abría la iglesia y, con su breviario, se arrodillaba ante el Santísimo, a la espera de sus penitentes. Confesaba hasta su misa, que era la primera, en el mismo altar del Señor Sacramentado, y los sábados, en el camarín de la virgen. Juzguemos la iniciación del día de Rasore por el horario de su misa” El domingo la decía a las 6, en verano; y a las 6.30 en invierno; los otros días a las 6.30 y a las 7. Celebraba la misa con gran fervor siempre, decía su obispo, daba gracias, envolviéndose en esa atmósfera habituaba en él cuando oraba; y marchaba de nuevo a su confesionario, el que atendía sin ningún apuro. Seguía después un desayuno muy parco, y en él leía superficialmente los diarios, que dejaba con frecuencia para enterarse por terceros de los acontecimientos. Comenzaba después el desfile interminable, pues duraba hasta la noche, de los feligreses, en general y de sus colaboradores. Atendía a todos personalmente, con cierta rapidez, según su modalidad. Y de nuevo tornaba a su tarea interrumpida, ya en su escritorio, ya en la iglesia, sin detenerse un minuto.

Almorzaba a las 11 con rigurosa puntualidad. Su hermana María Rasore, que administraba la economía doméstica y a quien amaba mucho, comía con él y con sus vicarios. Siempre fue muy medido en comer; también lo era en hablar sin ser cerrado. Conversaba sobre los trabajos de la parroquia, los acontecimientos que traían algún interés, o preguntaba acerca de las informaciones periodísticas; comentaba sus proyectos y escuchaba pareceres. Jamás se le vio perder tiempo en las comidas con charlas inútiles. Terminada su rápida comida visitaba el Santísimo. Después de permitía un breve recreo en común, como también después de la cena.

No tomaba siesta, sólo en su última enfermedad, ya muy mal y por consejo de sus vicarios hacía siesta, o al menos, descansaba en su habitación, según testimonio del padre Alejandro Martina, su colaborador en los meses que precedieron a su muerte. En cambio, muchas veces tenía un enfermo que visitar a esa hora. Y el resto de la tarde solía ocuparlo en su escritorio, interrumpiendo la tarea para realizar consultas o reuniones.

No obstante, verse sobre su escritorio una acumulación ingente de trabajo, el orden de sus cosas y asuntos era admirable. Bastaba verlo estirar un brazo para tomar lo que necesitaba y seguir su tarea; la seguridad de su movimiento indicaba que sabía dónde tenía cada cosa. Su gran mueble-biblioteca lucía las divisiones convenientes para sus carpetas, prolijamente ordenadas. Con el tiempo sus fundaciones iban en aumento, y también se vio crecer su biblioteca-fichero. Finalmente la cambió en uno de sus onomásticos, al recibir otra regalada por las congregaciones, más adaptadas a su creciente trabajo. Todavía recordamos su máquina de escribir, una vieja Hammon a lanzadera, con teclas de ebonita ya sin letras por el roce. Desde que se ponía el pie en el hall se oía funcionar su máquina, escribe la señorita María Mones Ruiz. Y se la seguía oyendo en la noche, cuando todos se retiraban a sus habitaciones.

Hasta aquí he tipeado las primeras 32 páginas del libro “El Evangelizador de La Plata”. Desde la página 33 y hasta la 68, Roberto Enrique Podestá narra las obras realizadas por monseñor Federico J. Rasore, año tras año, para abocarse desde la hoja 69 a su personalidad propiamente dicha, la cual reproduzco a continuación.














Omito la transcripción de las páginas 80 a 87, por referirse el autor a la posible designación de obispo de monseñor Federico J. Rasore.  

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escuela Técnica del Hogar Profesional

Las escuelas técnicas del hogar comenzaron a funcionar a principios del siglo XX, cumpliendo la función de capacitar a las mujeres para su i...