El presbítero Roberto Enrique Podestá en su libro “El Evangelizador de La Plata”, dedica varios capítulos concernientes a la personalidad de monseñor Federico Julio Rasore.
Para conseguir dicho libro, en enero de 2020 nos trasladamos a la “Biblioteca Pública” de la “Universidad Nacional de La Plata”, sita en Plaza Rocha 137, entre diagonal 78 y calle 7, donde muy atentamente nos permitieron escanearlo.
Mientras mi nieta y yo sosteníamos el libro que apoyamos en uno de los bancos, mi hija Guadalupe lo fotografiaba con su celular, razón por la cual las fotos salieron distorsionadas, lo que no impide su lectura, pero dificulta la reproducción en este blog, siendo más práctico entonces tipearlas, resultando lo siguiente:
Para conseguir dicho libro, en enero de 2020 nos trasladamos a la "Biblioteca Pública" de la "Universidad de La Plata", sita en la Plaza Rocha 137, entre diagonal 78 y calle 7, donde muy atentamente nos permitieron escanearlo.
Mientras mi nieta y yo sosteníamos el libro que apoyamos en uno de los bancos, mi hija lo fotografiaba con su celular, razón por la cual las fotos salireron distorsionadas, lo que no impide su lectura, pero dificulta la reproducción en este blog, siendo más práctico tipearlas, resultando entonces lo siguiente:
Es poco lo que sabemos de los primeros años de Federico J. Rasore. Y esto, solo apenas interesante como testimonio de su incontaminación: Su inocencia.
Es lo que
obliga a reflexionar en los años en que vivirá después. Desde su infancia fue
dado a Dios, y lejos de apartarse se unió más y más a él. Cuenta el padre
Honorato Piffero, que fue vicario cooperador en San Ponciano, haber oído decir
a su madre, hablando de Rasore cuando niño monaguillo: Parecía otro San Luis. Y
según sus parientes cercanos, Federico era un niño de continente mesurado,
asiduo al convento de las monjas del convento de Santa Catalina de Siena donde
era acólito, obediente dócil, y de una timidez grande. Tanto su obediencia,
como su ductilidad, las conservó y las purificó con los años, pero su timidez
se perdió con la infancia, dando lugar a una intrepidez constante, hija de una
invariable confianza. Mons. Francisco Alberti escribe de esos años de Rasore:
Antes de salir a Roma para estudiar en el Colegio Pio Latino Americano, a los
trece años (era acólito de las monjas catalinas de Buenos Aires, subido a una
silla, hizo a las monjas una plática muy sentida. Estas lo recordarán después
de muchísimos años.
A los trece
años fue enviado a Roma para estudiar su carrera. Debemos suponer la fuerte
separación que esto suponía, en ese hogar que era un santuario. La carta que
escribió a su hermano Antonio en 1882 por la muerte de su padre, pocos meses
antes de ordenarse sacerdote, prueba el hondo afecto filial y fraternal que
desbordaba. El solo hecho de conservarse hasta nuestros días esa carta, todo lo
indica.
Sus estudios,
según crédito de sus superiores, que fueron siempre padres de la Compañía de
Jesús, se hicieron con la facilidad de su buen talento y su generosa
dedicación. Siempre deslumbró por su conciencia del deber, que mucho
admiraríase durante su famoso curato de San Ponciano. Y de su virtud, bastaría
la exclamación reflexiva del padre José Saderra, que fue su profesor en Roma, y
luego estuvo en Buenos Aires regenteando el seminario de Villa Devoto. Rasore
era vicario cooperador de la Merced. Saderra lo visitó y dice Mons. Alberti que,
refiriéndose a su modestia, comportamiento, etc., dijo a los que lo
acompañaban: - ¡Es el mismo, el mismo del colegio!
El padre José
Macagno en carta al canónigo Andrés Calcagno sobre informes de Rasore, escribe
que fue alumno modelo por 12 años y 11 meses. Lo que me llama la atención fue
que ocupó la presidencia o prefectura de la congregación mariana, por tres años
seguidos (1883-1885), cosa única que rara y hasta contra los estatutos de la
congregación del colegio. Así tal vez, esta triple elección respondiera a lo
que se refiere monseñor Alberti en sus testimonios: En el colegio se manifestó
muy devoto de la virgen.
Era un
trabajador incansable. En una ocasión se le procuraron medios para ir a
descansar a un balneario lejano. A los tres días estaba de vuelta en La Plata.
Al hacerle el superior algún cargo cariñoso, contestó: - “Monseñor yo no puedo
vivir sin trabajar”. Son palabras de su obispo, Francisco Alberti.
Mons.
Anunciado Serafini, obispo de Mercedes, escribía cuando aún era párroco de San
José de La Plata: “Parecía que había declarado una guerra sin cuartel a la
pereza. Más aún, siempre estaba haciendo algo. Solo con esa laboriosidad se
comprende el florecimiento y el desenvolvimiento de sus obras múltiples por su
aspecto, números, finalidades”. También su primer sacristán, el señor Enrique
Colombo, dice que “en su parroquia no quería tener límites de acción. Son
tantas sus obras que me es imposible nombrarlas; de extremo a extremo, la
ciudad le era muy pequeña para su apostolado”. El padre Honorato M. Piffero,
que fue su colaborador, atestigua: “Fui testigo por largos años: Casi nunca
tomó recreo, ni siesta ni veraneo, siempre ocupado en las obras parroquiales;
el último por la noche y el primero por la mañana…sus vacaciones eran un corto
retiro, de preferencia a la sombra del santuario de Luján.
Se levantaba
muy temprano. A quien esto escribe, le dijo que dedicaba seis horas y media
cada noche al descanso. Como no se permitía ablandamiento alguno en su
distribución del trabajo, sospechamos que sus seis horas y media,
frecuentemente serían escasas. En las últimas patronales de su iglesia, tuvo un
ataque durante la noche y sufrió una sangría de urgencia. A la mañana, a su
hora, dijo la misa como de costumbre y continuó atendiendo en el templo a los
feligreses que asistían a la fiesta.
Aun la
iglesia cerrada comenzaba su oración mental, en posición muy recogida y admirablemente
inmóvil. Su libro de meditación era Chaignon: “El sacerdote santificado en la
práctica de la oración”, atestigua su obispo. Terminada su larga oración, salía
de su ensimismamiento y se retiraba a su escritorio, donde caminando, rezaba el
breviario. Mientras tantos se abría la iglesia y, con su breviario, se
arrodillaba ante el Santísimo, a la espera de sus penitentes. Confesaba hasta
su misa, que era la primera, en el mismo altar del Señor Sacramentado, y los
sábados, en el camarín de la virgen. Juzguemos la iniciación del día de Rasore
por el horario de su misa” El domingo la decía a las 6, en verano; y a las 6.30
en invierno; los otros días a las 6.30 y a las 7. Celebraba la misa con gran
fervor siempre, decía su obispo, daba gracias, envolviéndose en esa atmósfera
habituaba en él cuando oraba; y marchaba de nuevo a su confesionario, el que
atendía sin ningún apuro. Seguía después un desayuno muy parco, y en él leía
superficialmente los diarios, que dejaba con frecuencia para enterarse por terceros
de los acontecimientos. Comenzaba después el desfile interminable, pues duraba
hasta la noche, de los feligreses, en general y de sus colaboradores. Atendía a
todos personalmente, con cierta rapidez, según su modalidad. Y de nuevo tornaba
a su tarea interrumpida, ya en su escritorio, ya en la iglesia, sin detenerse
un minuto.
Almorzaba a
las 11 con rigurosa puntualidad. Su hermana María Rasore, que administraba la
economía doméstica y a quien amaba mucho, comía con él y con sus vicarios.
Siempre fue muy medido en comer; también lo era en hablar sin ser cerrado.
Conversaba sobre los trabajos de la parroquia, los acontecimientos que traían
algún interés, o preguntaba acerca de las informaciones periodísticas;
comentaba sus proyectos y escuchaba pareceres. Jamás se le vio perder tiempo en
las comidas con charlas inútiles. Terminada su rápida comida visitaba el
Santísimo. Después de permitía un breve recreo en común, como también después
de la cena.
No tomaba
siesta, sólo en su última enfermedad, ya muy mal y por consejo de sus vicarios
hacía siesta, o al menos, descansaba en su habitación, según testimonio del
padre Alejandro Martina, su colaborador en los meses que precedieron a su
muerte. En cambio, muchas veces tenía un enfermo que visitar a esa hora. Y el
resto de la tarde solía ocuparlo en su escritorio, interrumpiendo la tarea para
realizar consultas o reuniones.
No obstante,
verse sobre su escritorio una acumulación ingente de trabajo, el orden de sus
cosas y asuntos era admirable. Bastaba verlo estirar un brazo para tomar lo que
necesitaba y seguir su tarea; la seguridad de su movimiento indicaba que sabía dónde
tenía cada cosa. Su gran mueble-biblioteca lucía las divisiones convenientes
para sus carpetas, prolijamente ordenadas. Con el tiempo sus fundaciones iban
en aumento, y también se vio crecer su biblioteca-fichero. Finalmente la cambió
en uno de sus onomásticos, al recibir otra regalada por las congregaciones, más
adaptadas a su creciente trabajo. Todavía recordamos su máquina de escribir,
una vieja Hammon a lanzadera, con teclas de ebonita ya sin letras por el roce.
Desde que se ponía el pie en el hall se oía funcionar su máquina, escribe la
señorita María Mones Ruiz. Y se la seguía oyendo en la noche, cuando todos se
retiraban a sus habitaciones.
Hasta aquí he
tipeado las primeras 32 páginas del libro “El Evangelizador de La Plata”. Desde
la página 33 y hasta la 68, Roberto Enrique Podestá narra las obras realizadas
por monseñor Federico J. Rasore, año tras año, para abocarse desde la hoja 69 a
su personalidad propiamente dicha, la cual reproduzco a continuación.
Omito la transcripción de las páginas 80 a 87, por referirse el autor a la posible designación de obispo de monseñor Federico J. Rasore.













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